viernes, 4 de junio de 2010

Voy a contarles una historia…

Le sucedió al amigo de un amigo, en una tierra, que por demás está decir, era, lejana.

Pasaban las cinco de la tarde, el día sucumbía ante la noche sediento y nublado. Así, llevado por el deseo de ser bañado por ráfagas fugases de vida y la esperanza de ver a las hojas de esos árboles tan suyos bailar bajo el son arrítmico de una brisa fortalecida por la inesperada tendencia torrencial que tanto ansiaba la tierra en su sequía, para finalmente sucumbir ante la promesa de un suelo verdoso y adornado por flores de todos los colores y todos los aromas.

Un paisaje inesperado, de esos que te llenan el día de sorpresas y adornan la monotonía de tu vida, tan simple, tan previsible.

No quiero detenerme mucho tiempo en la retórica narración de un paisaje cuidadosamente descrito por el amigo de mi amigo… Pero es importante para mí, y tal vez lo sea para ustedes, el hecho de detenerte un segundo el tiempo para apreciar lo que nos rodea y finalmente entender que no estamos solos (¡no hablo de extraterrestres!).
Detente y respira vida. Detente y aprecia vida. Detente y siente vida. Detente.

El amigo de mi amigo en su descripción mencionaba a una pequeña cantidad de aves - cuya procedencia desconocía- que se aventuraban a volar al ras de los árboles. Esas aves eran libres y fugaces -según él decía- eran aventureras y audaces. Es decir, todo lo que él era incapaz de ser.


Debo confesar que me llamó poderosamente la atención que mencionara a las aves, teniendo tanto que ver, él se había fijado en las aves. Igual todo es vida, como el programa de Discovery que narra Juanes; Pero alguien “normal” –en el sentido poco relativo de la palabra- no se detiene a ver las aves volar, que va. Este pana, era diferente. Se parecía a mí más de lo que pude imaginar. ¡Me cae bien!


Por eso voy a escribir sobre él…

¿En donde me quedé? Ah cierto, le sucedió al amigo de un amigo –Podría escribir que estoy sonriendo en este momento, pero la historia no se trata de mí-


Ajá…


Un café, un tango añejo, humo de cigarro, aroma a Channel a lo lejos… Mucha vida, poca existencia.



“Si supieras que aún dentro de mi alma conservo aquél cariño que tuve para ti. Quién sabe si supieras que nuca te he olvidado. Volviendo a tu pasado te acordarás de mí. Los amigos ya no vienen ni siquiera a visitarme. Nadie quiere consolarme”

>> A quién se le ocurre poner semejante Tango en un lugar para personas solitarias como este- pensó Javier- Ese es el nombre del amigo de mi amigo- al momento en el que una mano invisible parecía tomar con fuerza su corazón herido para desgarrarlo lentamente y con compasión.


>>Estoy solo, ¡y te odio!


>>No, no te odio, simplemente estoy solo…


>> ¿Por qué suena un Tango en un local que no está en Argentina? – Se preguntó- ¡Qué paradójica es la vida! – Afirmó- Quizá el dueño es argentino, igual eso a mí qué me importa.


Una pared redecorada en palabras. Artistas reconocidos, artistas por reconocer, artistas frustrados y los que ni siquiera sabían que tenían talento para ser artistas, todos conglomerados en un mural, un mural de sueños y recuerdos.


“No tengo tiempo para mí” Pensó mientras sorbía un poco de café y comía galletas.


>>Un buen día comenzaré a andar más allá de las ganas de andar y me convertiré en eso que siempre quise ser, y haré lo que he debido hacer desde hace años, ¡hace siglos!

>> ¿De qué estoy hablando? Continuaré aquí sentado, esperando, como siempre, esperando… Esperando por su regreso, esperándola para vivir, para seguir.

Estaba totalmente aturdido por la cantidad de pensamientos que abarrotaban su conciencia y le sumergían emocionalmente a la tristeza.


Pero no, no estaba triste. Eso era lo peor, no podía ni siquiera sentir tristeza, no sentía nada...había un vacío en su pecho esperando ser recompensado con un no se qué, que le regalara un suspiro de esperanza, un racimo de fe, un indicio de futuro.


“Debo estar muerto”

Al momento en el que el reloj marcaba las ocho y un poquito más, unas grosísimas gotas de lluvia empapaban la vidriera donde se podía leer “E N I T R A M” (Que al inverso quería decir M A R T I N E) sobre una gran taza de café dibujada en líneas verde oliva.

Un verdadero milagro, después de meses esperando finalmente la naturaleza había cedido, llovía.

Silencio.

Ya no escuchaba al Tango. No podía oír murmullos desesperados. No había nadie más haciéndole compañía en su desdicha. ¿Y el mesonero? ¿Y el avaro dueño del café que no era capaz de abandonar su fuente de ingresos? ¿En dónde están todos?


“¡Javier, sal a la vida!” “¡Vive!”


Alguien le gritaba sin aparente sentido. Miró a los lados, por detrás de sus hombros, incluso se vio tentado a mirar debajo de la mesa que permanecía cubierta por un horrendo mantel anticuado, pero se limitó a palpar la superficie oculta con uno de sus pies -no quería que los tripulantes irregulares del “café” pensaran que él se había enloquecido, aunque no podía ver a nadie, aún seguía preocupándose por lo que podían decir los demás- pero no encontró nada.


“¡Sal!” “¡Saaaal!” “¡Saaaaaaaaaaaaaaal!”

No conseguía callar esas voces, no sabía de dónde procedían, su conciencia jamás había sido tan elocuente y sus enemigos estaban lejos de ese lugar, no existía un motivo razonable que le pudiera hacer pensar que había alguien más intentando jugarle una broma. Nada, cero… Fracción de tiempo.

¡Era él mismo!


Él y solamente él, o su inconciente, o quién sabe qué. Probablemente había enloquecido. Estaba loco, y podía bailar desnudo en la calle, loco como para besar en la boca a la primera mujer que le pasara por el frente, loco, loco de atar.

O tal vez no.


No estaba loco, simplemente lo carcomía un deseo impenetrable de sucumbir a la locura para ser libre, finalmente libre.

Libre como el viento que roza la cara de los amargos, libre como el agua que traslada botellas y sus mensajes de amor, libre como la arena del desierto que varia su posición, libre como la energía que se transforma, libre como el amor que todo lo perdona, libre como ella que se había ido sin mediar palabras, libre para volar al espacio sideral, libre para saltar los charcos de la ciudad, libre, libre, ¡libreeeeeee!


Pero qué estaba pensando, por supuesto que había enloquecido. 

>> ¡Estoy loco!


Pensándose loco, un tanto esquizofrénico para ser más específicos, salió a la calle. Corrió tan rápido como pudo y sintió como su espíritu traspasaba su piel. ¿Conocen esa sensación de vacío que se genera en el estomago cuando, por ejemplo, una montaña rusa alcanza su nivel de caída libre; o cuando-para aquellos que se han arriesgado a volar al vacío- te lanzas en paracaídas; o cuando estás profundamente enamorado? Se sintió así, tan poderosamente vivo, tan increíblemente humano… tan sentido, de sentir… de respirar y sonreír agradecido porque estás respirando.


Salió a la calle a vivir por primera vez en toda su vida. Desvarió con todo el derecho de reírse de sí mismo, de amarse y perdonarse. Estuvo estando y estuvo sin estar también.

Disfrutaba de cada gota de agua que se deslizara sobre su piel. Abrió la boca al máximo y se permitió beber el agua que caía del cielo como un magnifico regalo. Extendió ambos brazos y se entregó a la brisa entre lluvia y relámpagos.

Fue feliz.


Y la besó, a la primera chica que se le atravesó en el camino, la besó. Aunque inmediatamente esta le profesara una exquisita bofetada que le hizo sentir el palpitar del corazón en su mejilla sonriente.


“Estoy loco” -pensó- “El corazón en una mejilla, ¡Qué barbaridad!”.

Se desnudó y se bañó en una fuente, sin importar microbios o injurias mal trechas por los estándares de una sociedad que era incapaz de sentirse como él se sentía. Ellos no sabían, por eso no lo entendían.

y llegó un policía...

-¿Por qué estas desnudo? – Porque me siento vivo. – ¿Te sientes vivo por bañarte desnudo en un parque público? – Si. -¿Tiene usted problemas en su casa? - ¿Qué le hace pensar que tengo problemas? - ¿Dónde vive? – Soy extranjero. - ¿Y su familia? –No tengo a nadie. – Por favor venga conmigo. - ¿A dónde vamos? – A la comisaría (…)


Más preguntas, papeleo, declaraciones, llamadas, el consulado, el pasaporte, la visa, una noche en la celda, esperar a que amanezca, y ser libre… Libre otra vez.


Se escuchó a sí mismo. Estaba silbando, pero esta vez no era una melodía triste y despavorida… era un soneto animado tipo villancico, y apenas se estaba acabando Febrero…


“Prácticamente falta un año para navidad” - Pensó


>>Debo estar loco.


>> ¿Pero qué estoy diciendo? ¡¡Claro que estoy loco!!


>> ¿Acaso tiene importancia? Escuchó en su mente un sonoro “Nooooooooooo”



>>-¡No! – Le dijo a una anciana muy emperifollada que venía arrastrando con dificultad un carrito personalizado - quizá fabricado por ella misma o por alguno de sus nietos- para ir a hacer el mercado. Ella levantó la vista del suelo y le sonrió con una ternura en la mirada, que le hizo besarla en la mejilla tras darle un gran abrazo… No hubo cachetada esta vez, la anciana se limitó a reír mientras murmuraba palabras que Javier no podía entender.


Continúo su andar desenfrenado que pecaba en lo atractivo, o por lo menos él se sentía así, lo bastante… atractivo como para llamar la atención de algunas personas que lo veían en su caminar apurado.

En la Comisaría de Policías le habían ofrecido, o más bien obligado a ponerse, unas prendas desteñidas y olvidadas, que cuando mínimo le ayudarían a mantener la decencia naturalmente requerida por la sociedad, y por él mismo, así en ese momento no quisiera aceptarlo.

Sonrío al pensar en aquél episodio de la ropa. Era notable que eran muchos los humanos que realmente entendían la naturaleza de SER humano.


Había llovido el día anterior, por esa razón el cielo se mostraba diferente, más amplio, más azul. El ambiente se sentía un poco pesado aunque era notable lo bien que le había sentado a la tierra ese poquito de agua que le habían regalado.

Vio llegar a un autobús bonito –no como los que hay en Venezuela- miró a los pasajeros descender, ninguno parecía notar su presencia.

“Todas las personas viven tan ocupadas” dijo con una voz de lamento casi imperceptible.

En la parada de autobuses- todas las paradas de autobuses eran muy limpias y estaban cuidadosamente decoradas con mapas de las estaciones y las horas de arribo que los conductores públicos cumplían minuciosamente- esperaba sentada una muchacha de unos 25 años según el creía, aunque no se atrevería nunca –Así estuviera loco- a confesarle ese pensamiento suyo porque las mujeres eran muy delicadas con ese tema.

- “Hoy hace un bonito día” – le dijo con una tonta sonrisa en la cara.


La muchacha se limitó a verlo de reojo mientra ignoraba ese y cualquier otro comentario por venir.


- “Veo que eres algo tímida” – Continúo Javier, sin percatarse del abstracto pensamiento de la muchacha, quién ahora estaba sumida en sus propias preocupaciones.


- “Tuviste un mal día”- Preguntó él con sinceridad.

Pero no obtuvo ninguna respuesta, siquiera logró alguna mirada por respeto. Y pudiese ser que estuviera loco, pero aún así era un ser Humano con Deberes y Derechos… El Derecho a ser escuchado y mantener una conversación digna, como persona digna que era.

- “Bueno, es que acaso soy invisible” – Dijo con enfado.

- ¿Mal día? – Se atrevió a decir la muchacha quien se había mantenido al margen porque aquél hombre no le generaba ni un grado de confianza.

En su país la gente no llegaba hablando con los demás así como si nada, este -aunque notablemente era extranjero- debía haber dejado engavetado todo el respeto hacía los demás que le pudieron haber inculcado en su casa.

- Particularmente creo que la menstruación es uno de los grandes errores de la naturaleza – Dijo ella llena de rabia.

>> Me preguntas si he tenido un mal día, pues he tenido un día precario. Un día abatido por dolores y mal humor. Un día de conflicto con las personas que conozco y con las que no también. Un día para odiar a mi novio sin entender por qué. Un día para odiar al chofer del autobús porque las agujas del reloj no aceleran su marcha. Un día para llorar sin ningún motivo. Un día para querer gritarle al primer extraño que quiera venir a joderme la paciencia.


>> ¿Qué si he tenido un mal día?


>>¡Si!, ¿y eso a ti qué te importa?


Se veía exaltada y maravillosamente malhumorada, Javier sin pensárselo mucho se sabía fascinado.


- Pensé que ese hecho natural era una bendición para todas las mujeres – Dijo – Algunas de ustedes lo considera un acto de hermosa fertilidad femenina, una bendición de Dios, un regalo de la vida – Continúo.


Ella pensó en lanzarle el libro de Inmunología que tenía en sus manos, pero sabía que muy probablemente estropearía el ejemplar sin que este alcanzara a golpearlo.


- Eso lo dices porque eres hombre, ni siquiera sabes de lo que estás hablando – Le dijo – Y si estuviera segura de mi puntería, te lanzaría este libro a ver si le regala al mundo tu inconciencia permanente de una buena vez – concluyó en tono sarcástico.


Él retrocedió unos pasos dudando un poco de la elocuencia de sus palabras y olvidando adrede su teoría de que en la locura no hay cabida para las preocupaciones.


- Bueno, yo solo decía –habló Javier.

- ¡Estás loco! – Afirmó ella.


- Claro que estoy loco Pensó él.


-¿Cuál es tu nombre? – Le preguntó Javier.

- ¿A ti qué te importa? – Respondió ella.


- ¡Eres insoportable!- Dijo él.

- ¡Tú también! – Gritó ella – Vete de una buena vez –

- ¡Me voy!- Dijo él.

- ¡Vete! – Pidió ella.


Mientras Javier se daba media vuelta muerto de rabia a causa de la paranoia de una mujer enloquecida por los gajes de la naturaleza, gritó:

- Y sí, yo estoy loco – Ayer me volví loco y viví, por primera vez viví. Reí, jugué, soñé, lloré, bese a una desconocida, me bañé desnudo en un parque público, dormí en una comisaría, olvidé quién tanto amé, por quién tanto sufrí… Y le grité al mundo que estoy loco y soy feliz de esa manera.

>> Ahora apareces tú, con el mal humor brotándote por los poros a provocarme con tu juego de niños y a hacerme olvidar de mi locura… Esa que me hace feliz.


>> Pues no tienes derecho, yo soy un hombre libre, ¡libre!


>> Volveré a la M A R T I N E, tomaré café y comeré galletas, me burlaré de los odiosos Tangos deprimentes que se escuchan sin cesar –Tal vez el dueño del lugar estuviera pasando por un mal momento- Leeré en las paredes las huellas de los escritores, suplicaré por el amor de alguien que no me ama y por fin, cuando menos lo espere, será momento para que llegué ella…La locura.


>> Seré feliz y evitaré a todas las mujeres como tú que van por el mundo dañándole la felicidad a los demás, ¿qué te parece?


La chica lo miraba con atención, y con un leve tono de incredibilidad en la mirada. Mantenía en su rostro un aire ligero y sus labios se arqueaban en forma de sonrisa a medio comenzar. Finalmente lo hizo, sonrío. Momento seguido soltó una estruendosa carcajada… Se reía como si hubiera recordado como hacerlo, regalaba los versos de su risa como si se tratara de granos de arena adornando al viento. Se reía de él. Se reía en su cara, bajo la sombra de sus ojos y el asombro de su intelecto. Reía de manera incontrolable. Reía y Javier lo encontraba morbosamente provocador.

- ¿De qué te ríes?- Inquirió


Pero ella no podía parar de reír.


- ¿De qué te ríes? -


No, no había manera de detenerla. Se había convertido en una mujer desagradable, poco amable, y profundamente despreciable.


Javier dio media vuelta para emprender su camino.


- ¡No! Aguarda un momento – Gritó ella.


Él aceptó, y giró sobre sus pies.


- Las galletas – Comenzó por decir ella en medio de una carcajada que enfadó aún más a Javier- ¡Tienen droga! – y no pudo seguir conteniendo la risa.


Javier no lo podía creer, su felicidad, la libertad de aceptarse tal cual era, el mundo visto desde la perspectiva utópica de la despreocupación, todo había sido una calumnia, una vil calumnia.


- ¡Estaba drogado! –Dijo para sus adentros mientras sentía arder sus rostro por la impotencia – ¡Soy un estúpido!

La mujer lo seguía con la mirada entre carcajadas y sollozos de alegría.


- No existe tal felicidad, libertad, o deterioro de la maldad… era una cortina de humo, un engaño, una fantasía, una masacre a mi integridad personal – Soy un estúpido – repitió.


- Aquí, algunas drogas que son legales – Dijo ella en medio de una risita impertinente.


- ¡Soy un estúpido! – Dijo mientras comenzaba a unir sus carcajadas con las de la ingrata - ¡Estúpido! Ajajajajajaja.


- Y, ¿sabes qué? – Dijo dirigiéndose a ella – ¡Tú también eres una estúpida! – y rió por lo alto.


Rieron juntos por unos minutos, el se sentía torpemente confundido y ella sabía que el loco de la parada de autobuses le había alegrado el día.

- Por lo menos viví como nunca me hubiera atrevido a hacerlo – Comenzó por decir él – aprendí mucho más de lo que había aprendido en muchos años, y no porque las drogas sean un incentivo productivo para hacer locuras que te llenen el organismo de esa adrenalina que te hace saltar nubes, sino porque por primera vez me sentí en libertad de ser yo mismo y vivir para mí, no para los demás o por lo que dicen los demás.


Dio media vuelta, con la determinación de no volver a ver a aquella chica nunca más en su vida…



                                                                            * * *



Y esta, queridos lectores, es la historia del amigo de mi amigo. Un poco tonta, un poco lenta, un poco moza… Pero con una gran lección, que imagino, no hace falta recalcar.



                                                                            * * *


Por cierto, no todo termina ahí.


- ¡Espera! – Gritó ella- vamos por ese café.

                                                                                                                                El resto es historia…





                                                                          FIN

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