jueves, 3 de junio de 2010

Dedico esta carta a ti, mi querido Gustavo.

                                                                                                                   Amigo, amante y confidente.

A ti que me hiciste tanto daño. A ti Gustavito, a ti que me haces tan difíciles los días desde que no estás a mi lado.

No te escribo para estar dándome golpes de pecho, hay que estar claros que en la vida, cuando algo no es para uno, sencillamente no es para uno. Pero yo si quería, de verdad quería, que fueras para mí, mientras que, yo era para ti. Pero no, que va, las cosas no son así Gustavito.

Qué vaina esas insensateces que uno comete en la universidad, en la época donde el mundo aumenta un poco sus líneas limítrofes y los sueños elevan sus posibilidades de ser realizados. Cuando todas las locuras, las protestas, las rumbas y los viajes a la playa se convierten en una forma de vida.

Pero qué buena broma esa que nos echamos nosotros Gustavito, disque para vivir la locura colectiva del decimo semestre. “Hay que vivir” me decías, mientras yo, más mojigata y me moría. Pueblerina al fin, aunque entonces debería decir, que en Ocumare hay unas cuantas que no tienen nada de pueblerinas. Que va, mejor me autocalifico como enchapada a la antigua.

Que iba a estar yo pensando en ti como hombre chico, ¿Para qué me insistías? “Un besito y ya” me decías y yo más dura que concha de coco te respondía “Chico Gustavito deja la cosa”

Hasta que un buen día, bajo el efecto del alcohol -debo recalcar- sucedió lo inesperado –aunque deseado por ambos (Claro, por mí, solamente en pensamientos)- se nos ocurrió la brillante idea de darnos los dichosos besos. Fue en una “cervezada”, lugar nada romántico, ¿ok?… Pero no podría negarlo, creo que el olor a Solera Azul y Cigarro, bajo la delicada sombra de tus labios sobre los míos, serán para siempre parte de un instante secundado por la imposibilidad de olvidar la elocuencia con que ambos parecieran haberse rozado bajo el precepto de un reencuentro añorado.

Te bese, sí. Te bese con la confianza de haberlo hecho antes, con desenvoltura y desfachatez. Te bese, y quede encantada.

No es justo Gustavito, ¿En qué carajo estabas pensando?

Tú mi amigo y confidente, a quien más de una vez recurrí entre lágrimas, a quien llamaba cuando no soportaba a nadie en mi casa, mi acompañante de esas noches universitarias largas, mi amonestador por las malas jugadas, mi benevolente de éxitos, el que me prestaba dinero cuando la quincena no alcanzaba, mi acompañante (obligado) para ver películas románticas, mi pana… ¡EL PANA!

Tu Gustavito, que dejaste de ser mi amigo para convertirte en el hombre que yo amaba.

Contigo viví momentos maravillosos. Me enseñaste a reír más seguido, a llevar la vida con calma, a ver los gatos de otra manera, a apreciar los deportes, a entender tus chistes, a comer salami, y también a comer más sano, a escuchar tu música (aunque no me gustara), y acepté que de verdad no podías evitar decir “esa es la bandera de Inglaterra” cuando veías la de Australia. Me enseñaste alguna que otra forma de besar, a sentir como nuestros cuerpos estorbaban mientras en un abrazo quería que formaras parte de mi alma, a sentir pasión, a decirte mil palabras en una sola mirada, a entender que la noche junto a ti pasaba lentamente, que en tus brazos el mundo tenía cabello negro, piel blanca y unos enormes ojos color canela que embaucaban cualquier “desastre natural” que pretendiera atentar con la perfección de esas líneas que eran mi morada preferida… Me enseñaste a amar Gustavito.

Pero todo cambió… Lo echamos a perder.

Cuánta tristeza me da aceptar que no nos supimos querer. Porque como panas tenemos que admitirlo, nos quisimos mal. Creo que la mejor manera se sanar nuestras heridas es atribuyéndole esa verdad de amor mal amado, mal vivido y mal soñado, a toda la mierda que nos echamos durante ese corto, cortísimo romance. No nos supimos apreciar, no nos supimos respetar… No supimos amarnos de verdad.

Personalmente creo que lo nuestro no es que no pudo ser, sino que no lo dejamos ser – Vaya usted a saber porqué – aunque claro está, siempre antepusimos los intereses individuales a una vaina que tiene que ver con el corazón, y a ese “Don Juan” si que no le atraen los egoísmos.

Lo jodimos Gustavito, lo jodimos por avaros. Por no aprender a escucharnos, por sentir bien y hacernos sentir bien, pero también mal… sobre todo fue por ese afán de querernos joder que lo arruinamos.

Cónchale Gustavito, ¿Quién fue el que alguna vez nos dijo que en la guerra y el amor todo se vale? Yo la verdad no me acuerdo, pero sé que en algún momento lo haré y cuando eso pase, juro por ese Dios que está en el cielo que iré a vengarme. Por lo menos unos huevos chimbos le lanzaré a la fachada de la casa donde vive el o la desleal esa.

Es que hasta parecemos bobos chico, ¿Acaso alguna vez escuchaste de un Sun Tzu enamorado o de un Maquiavelo con el corazón partido?, de pana Gustavito que nosotros si fuimos gafos.

Cuando toda esta historia nuestra llegó a su final -o para ser exactos- desde el momento en el que dejamos de vernos, no existió palabra de valentía que significará un nunca más. Nos alejamos así como si nada, bajo el precepto de que “el camino se hace al andar”, con la imposibilidad de amarnos y ser felices a la vez. Huiste, y yo no te quise detener para evitar dar mi brazo a torcer. ¡Qué batalla campal! ¿No Gustavito?

Ya he dejado de contar los días porque no vale la pena ir cambiando las hojas de un calendario que hace parecer infinito a este año; y me es imposible contabilizar los “te extraño”, es que son tantos. No puedo medir las lágrimas, ni el dolor de no tenerte aquí, amante y amigo mío… el pana de los chistes malos, el consejero, el de los mensajitos de texto a todas horas, el que me dedico la inmensidad del mar con todo y alba cuando nos tuvimos que separar por ese corto viaje.

Chico, es que de verdad nos enamoramos.

Hay otra cosa Gustavito… Margarita me dijo que andas por ahí con una noviecita nueva… Y Podría decirte que yo también tengo un noviecito (aunque de “cito” no tiene nada) que conocí en el gimnasio al que tuve que recurrir para hacerle frente al despecho. Tenemos poco tiempo pero el tipo está bien bueno, aunque me da la impresión que se enfoca poco en el intelecto; igual eso ya no me importa, porque a mí por andar de intelectual me ha pasado mucha cosa. No que va, prefiero tener un tipo grandote, fuertote, apasionadote, a uno de esos que andan por ahí filosofando sobre las causas y azares que darán porvenir al mundo… De verdad que ya no estoy para esos trotes.
Sin embargo, mi añorado Gustavito, ya no tengo ganas de seguir haciéndote la guerra, para qué decirte que soy feliz si no es así... Te he extrañado desde el instante de tu partida.

Y no, no depongo mis armas porque ya no me queda ninguna… simplemente elevo mis manos abiertas intentando alcanzar ese cielo que nos prometimos entre besos.

                                                                                                                    Hasta siempre Gustavito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario