martes, 1 de febrero de 2011

Caracas


Qué sencillez se gasta Caracas, con sus musas, sus olores, sonidos y rincones. Después está la gente, tan indiferente… Los edificios, el humo, y la luz que magnifica al Ávila. Qué linda es esa Caracas, la sobreviviente; la que encontró guaramo pa´ decirle a los ineficientes, que ella es bella en zozobra, en descuido, y, sobre todo, en olvido.

 Fotografía de Victoria Urribarri      

Y, ojo, seguro que ya te dispusiste a señalar culpables, por aquello de “ineficientes”, pero espera… detente un segundo, porque aquí, estoy hablando de ti.

Sí, de ti.

Tú que te robas las maticas de los jardines, tú que botas la basurita en la calle, tú que te comes la flecha, la luz, y hasta el rayado de los peatones; tú que pintas las paredes con desesperanza, tú que te olvidaste de escuchar, tú que no la sabes amar.

Hoy caminé Chacaíto, así como una vez caminé Paris, Roma, y hasta Nairobi… Ninguno de ellos me regaló semejantes andares.

Una negra vendía conservas de coco. A lo lejos, el sonido del metro traspasaba al viento por donde rondaban los murmullos de los despistados, todos tan ocupados. Varias limosnas hacían eco dentro del embace de aluminio que sostenía con la firmeza de una pluma sobre el agua, un viejo barbudo, carcomido por la suciedad y vejado por el silencio de sus recuerdos. A lo alto, el cantar de los pájaros se acoplaba al bocinar de los buses, al chillido de los que esperan, a sus pensamientos, a sus resentimientos.

Una fila de exasperados, un rap mal cantado, la palabra de Dios en boca de un Cristiano, un niño vendiendo rosas, un viejo gritando Kino, un par de enamorados, y miles de zapatos desgastando los segundos que sus dueños olvidarán.

Hoy conocí la Caracas donde las hojas de los árboles se niegan a dejar de bailar, a dejar de intentar. Y la brisa corre fresca por los ventanales de las grandes sucursales, emitiendo sonidos que nadie sabe escuchar, que nadie quiere escuchar. Y la música es venezolana, peruana, argentina, boliviana, y la conjugación todas también. Y las sonrisas de los niños no saben ocultar la alegría que no tiene motivos.

Lamentablemente, el placer mundano no permite a muchos reconocer la esencia, y por eso, toda la magia está sola. Nadie es capaz de entender, que el mundo se viene abajo y los pájaros siguen cantando. Los músicos están entonados, y la orquesta sigue sonando. Todos están ocupados… Soñando, anhelando, indagando. Pero no aprendiendo, nunca aprendiendo. Tampoco considerando, jamás considerando… que las respuestas solo están en la esencia.     

Yo conocí a la Caracas de esencia. La ciudad de gustos, colores, sabores, olores, y sí, de descuido y olvido también. Conocí a una mujer carcomida por el desengaño, una mujer capaz de ofrecer -en su más sublime agonía- un paisaje de ensueño. 

Esa es Caracas.